domingo, 24 de julio de 2011

Restauradores (Linha azul)

El reto de una vida alcohólica

Mira como brillan por encima de la barra, como dibujan esas curvas tan perfectas. Joder, casi tan bonitas como el culo de la camarera. Sí, le daría un buen trago a cada una de ellas, les haría el amor lentamente y finalmente las abrazaría todas a la vez. ¡Cuántas marcas desconocidas, cuántos licores sin probar! Mira esa botella marrón, podría ser importada de Rusia. Ya, seguro que lo es. Supongo que me está pidiendo que la invite a salir.

Me dice que están a punto de cerrar. Ya, seguro que esa cara de frígida y ese crucifijo en el escote no tienen nada que ver. Seguro que dios es un buen sustituyente al sexo y al alcohol. Un día de estos me lo sirvo en un vaso y me lo bebo.

Y puede que tenga razón, que sean casi las tres y mañana, pero nadie se va a morir por una última. Ponme una más y no sé lo diré a nadie. Lo que todo el mundo sabe. ¡Qué carajo le importa si mañana tengo trabajo! Se trata de conducir, por dios. Hasta un mono ebrio podría hacerlo.

- Querido, ¿te vas a mover algún día o quieres esperar al coche escoba?

- ¡No me digas querido! ¡Te he dicho un millón de veces que me llames Henry Chinaski! ¡¿Cuántas veces te lo tendré que repetir?

- Se te ve jodido Aurelio. Deberías tirar a la basura toda esa porquería de Bukowski y dejar de emularle.

Suerte mañana y hasta otra, me dice. Debería de dejar de venir aquí y quemarles el bar. Y mañana rumbo a Alemania con cientos de sacos de tomates y patatas. Veinte horas de línea continua y rodeado de tubérculos. Mierda, seguro que podría encontrar algo mejor. Ya, seguro.

Me acuesto, me levanto y vomito todo lo que no había vomitado la noche anterior. Creo que no te he presentado a mi amiga resaca y mi novia la carretera. La última puede ser un encanto si la llegas a conocer realmente. O si no le metes los dedos en la yaga. Como suelen llevarse bien, de vez en cuando nos montamos orgías bestiales. ¡Mierda, algo se mueve ahí atrás! Si ese jodido ruido no cesa, tendré que parar, bajar y comprobar que todo esté bien. Y si no lo remedio pronto comenzaré a transpirar alcohol. En estos casos la mejor solución suele ser poner la radio.

Y he ahí el primer capullo de la mañana hablando sobre el progreso sin saber realmente de lo que está hablando. De la misma manera que la gente se refiere al dinero y a la felicidad, como si se tratasen de un fin y no de un medio. Seguro que no han oído hablar siquiera de Arturo Bandini. Ya, que le pregunten al polvo.

Abro el camión y encuentro un chino tiritando cubierto con un poncho rojo. ¿Qué cojones andas haciendo ahí metido? Ni una palabra de occidental, y yo que en mi vida le he prestado atención al mandarín. No police, lo único que sabía decir. Supongo que no pasa nada si le doy un poco de cobijo y se sienta conmigo ahí adelante. Además hasta puede que con un poco de suerte aprenda alguna cosa sobre su filosofía de vida. Míralo, seguro que ha soñado más de lo que yo he vivido. Anda, sírveme un poco de whisky y te contaré una historia.

- Esa excitación que sienten los santos al pecar, la que nos pellizca el alma o nos dispara el corazón, es la que nos obliga a escribir y la que nos hace realmente pensar que no estamos muertos. Piénsalo detenidamente. Hace un momento tú te sentías mal porque habías perdido pero, ¿qué hubieses hecho si no te hubiese pillado? ¿Acaso no te sentirías como el puto rey del siglo? Te lo digo en serio tío, si vas a intentarlo ve hasta el final. De lo contrario no empieces siquiera.

Tiene toda la cara marcada el tipo y unos ojos que podrían quemar el cielo. Cualquiera diría que está huyendo de cualquier parte. Seguro que le están persiguiendo por crear algo nuevo o pensar diferente. Seguro que es un jodido genio. Porque todos los genios son unos borrachos o todos los locos son unos genios. Seguro que él también sufre el reto de una vida alcohólica.

Al difunto C. Bukowski y al eterno H. Chinaski.

viernes, 15 de julio de 2011

Rossio (Linha Verde)

Silvia Gonçalves, setenta y siete años, de Madeira, viuda y sin profesión. Estatura baja, cabello plateado y ojos de color café. Viste con pantalón de chándal, chaqueta de cuero y botas vaqueras. Esta era la descripción policial que había dado el teniente y que colgaba sobre el tablero de la oficina. Algunos de los oficiales presentes aseguraban que se trataba de a velhinha, una de las traficantes de drogas más buscadas en Lisboa y la dealer más prestigiosa de la ciudad en los últimos tiempos. Uno de ellos se apresuró a informar que acababa de recibir un soplo de un junkie chivato y que decía dónde la podían encontrar esa misma tarde. Un minuto de silencio se hizo en la sala. El teniente limpió la mesa y comenzó a trazar los planes para su detención.

- Mierda, si dios no nos hubiera dado ojos se hubiese ahorrado muchas muertes.

En otra parte de la ciudad, una señora mayor se levanta de su asiento del metro, abordada por cristales empañados, vapor y sudor. Evita todo contacto con los jóvenes estudiantes y logra bajarse en la parada Rossio antes de que las puertas se vuelvan a cerrar. Los estudiantes se dan cuenta de que cojea de su pierna derecha y comienzan a burlarse de ella mientras sube las escaleras. La señora les responde con un corte de mangas. Cuando sube a la superficie, ya en la Praça de Figueira, observa como una rata devora sin piedad una triste paloma tullida.

Los oficiales continuaban revisando los informes sobre el caso. A velhinha había decidido comenzar a trabajar en las calles hace veinte años, justo en el momento en que se dio cuenta de que le habían negado la pensión de viudedad de su marido porque le faltaban 18 días de cotización a la Seguridad Social. Desde sus comienzos, la habían asociado a un papel secundario o tráfico menor, pero ahora las últimas investigaciones aseguraban que era la mayor responsable de la organización y distribución de narcóticos en la zona. Aún así, faltaban pruebas suficientes para poder llevar a cabo una acusación. Además eran pocas las veces que se dejaba ver subvencionando a los camellos, por lo que resultaba aún más difícil su detención. La calificaban como traficante fantasma, una crápula que vive entre las sombras y a la que nadie jamás podría incriminar, ya que, ¿quién iba a sospechar de una pobre anciana?

En la otra parte de la ciudad, la señora se cuela entre las pequeñas callejuelas de la zona y aparece en la Rua Augusta donde se cruza con unos cuantos camellos que le ofrecen hachís y L.S.D. Gira la cabeza, dice tudo tranqüilo y se sienta en un portal. Luego se despereza, da de comer a los pájaros y siente algo confuso en el ambiente que le hace estar alerta. Suspirará, dará media vuelta y doblará por la esquina en la que le estarán esperando una decena de agentes policiales para cargar contra ella.

El hombre de los prismáticos es uno de esos tipos previsibles a los que le gusta tener todo bajo control. Siempre deja preparado todo dos semanas antes de que llegue la fecha prevista. El hombre de los prismáticos, que está ahora en la azotea del edificio cerca de donde se va a producir el asalto, supervisa la operación. Enfoca los binoculares hacia la calle y comprueba que todo está según los planes. Luego lleva las lentes sobre la señora haciendo zoom sobre sus manos. ¿Por qué me resultará tan extraño que lleve comida para pájaros en una bolsa? Un momento, ¿cuál es la pierna sobre la que se está apoyando? ¿La pierna izquierda? ¡Mierda!

- Aviso a todas las unidades: ¡El objetivo es un señuelo! Estamos sobre la mujer

equivocada. Repito, esta mujer no es la mujer que buscamos. ¡Manténgase al margen y no disparen!


Se hace de noche y llega la lluvia. La cabeza de la mujer todavía descansa sobre la acera. El agua le resbala sobre su cara y diluye un charco de sangre que termina filtrándose por entre las rejas de las alcantarillas. El hombre de los prismáticos la observa de lejos e, impasible y resignado, evalúa el resultado de la operación. Mierda, si dios no nos hubiera dado ojos se hubiese ahorrado muchas muertes.

jueves, 2 de junio de 2011

En la Plaza de Tahrir





Mientras Bob Dylan cumplía los setenta con ojeras pero con devoción y se desataba una guerra europea entre el norte y el sur encubierta con sucursales bancarias como balas, ciertos focos de caos y confusión comenzaban a formarse, seguidos de movimientos de rebeldía e inconformismo, niebla amarilla, luces de neón, noches encendidas y olor a revolución.

Atados de pies y manos a una condena que nos envenena, ¿quién dice que no merece la pena encendernos con una vida que nos quema?

viernes, 13 de mayo de 2011

Músicos de Carretera: Bob Dylan


Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: Yo soy el otro.

Yo sigo todavía en la carretera, dirigiéndome hacia otro cruce.

A punto de cumplir setenta años, con más de cuarenta álbumes a sus espaldas y dos mil conciertos caminando el mundo, Robert Allen Zimmerman ha celebrado este mes su cincuenta aniversario sobre los escenarios. Toda una vida on the road desde que decidió un día, hace medio siglo, emigrar a Nueva York para visitar en el hospital a su admirado Woody Guthrie hasta estos días en los que ha podido actuar en China (censurado o no) por primera vez. Mucho ha llovido entre medio. Atrás ha quedado su misterioso accidente de moto, su Rolling Thunder Revue, su conversión efímera al cristianismo, su polémica electrificación y su fracaso matrimonial. Todo ello a través de un mismo camino con dirección propia y sentido único que continúa en su interminable gira Never Ending Tour. Y es que, como dijo Keith Richards, Bob padece el síndrome de la línea blanca, no por la cocaína, sino por su adicción a la carretera. No creo que sepa dónde está su casa.




Positively 4th Street, calle de los cantantes folk en Manhattan, es la réplica de Dylan a las críticas de la comunidad de folkies que lo tachaban de traidor por la electrificación de su música.

Me despierto y soy una persona, y cuando me acuesto sé con seguridad que soy otro.
No sé quién soy la mayor parte del tiempo.

No me identifico con ningún fanático dylanita de esos que aparecen en la road movie de Fernando Merinero, no he escuchado todos sus discos, no conozco todos los retazos de su vida ni soy un devoto de sus relatos, y no le he visto actuar más que una única vez promocionando aceite de oliva en Jaén (curiosamente comprometido) con Quique González como telonero. Así que no creo que pueda aportar más mitos y leyendas sobre su pasado de los que ya existen. Para eso están ahí sus entrevistas, sus crónicas, sus documentales de Scorsese, sus películas y sus biopics. Sin embargo, a pesar de toda esta documentación, sería difícil hacerse una ligera idea de quién es realmente Bob Dylan. Tal vez no lo sepa ni siquiera el propio Zimmerman, que desmiente rumores al mismo tiempo que inventa nuevas historias tan confusas como sus ruedas de prensa. Siempre distante con sus fans y cínico con los periodistas, ha conseguido crear un personaje imprevisible, con una personalidad poliédrica y con tantas versiones que es imposible adivinar quién se esconde tras la máscara. Lo etiquetaron de poeta maldito, de profeta de una generación perdida, de traidor al folk y de estrella del rock. Pero la genialidad de Dylan reside en su capacidad de reinventarse cada día, en su manera de reinterpretar sus canciones de manera diferente en cada uno de sus conciertos y en difuminar su vida de manera desconcertante como si fueran las piezas de un mosaico. Por eso la mejor y la única manera de saber algo sobre el verdadero Bob Dylan es a través de su obra y su legado, porque no hay más verdad que en la mentira que esconden sus canciones.




La interminable Sad Eyed Lady of the Lowlands fue compuesta en el Chelsea Hotel para su mujer de entonces Sarah, y cierra el disco álbum Blonde on Blonde, elegido como uno de los mejores discos de rock de la historia.

Un poema es como una persona desnuda,
pero una canción es algo con vida propia.

Hubo una vez un joven Zimmerman, hijo de una familia de comerciantes judíos, que se escapó de un pueblo minero de Minnesota para tocar folk -entre los números de strip tease- en los cabarets de Colorado. Fue otro cantautor con voz gangosa que tocaba armónica y guitarra, ya influenciado por el blues y escritores como Blake, Rimbaud, Dylan Thomas -del que dicen que adaptó su nombre- y por toda una generación beat, quien abandonó la universidad para interpretar sus canciones en los garitos perdidos del Greenwich Village entre los poetas callejeros, músicos de folk y demás vagabundos que recorrían el barrio bohemio de Nueva York. Fue más tarde un Bob distinto, quien creaba himnos de lucha y canciones protesta en tiempos en los que Martin Luther King luchaba contra la segregación racial y John F. Kennedy se encontraba en la terrible encrucijada entre el Vietnam y la crisis de los misiles de Cuba. Y así fueron también todos los demás disfraces que constituyen el puzzle de las inagotables versiones dylanianas: el que leyó Mexico City Blues junto a junto a Allen Ginsberg en la tumba de Jack Kerouac; el Dylan beatificado que actuó frente al papa en Roma; el que actuó en una película para la que compuso su Knockin’ On Heaven’s Door; el que realizó Blood on Tracks tras la ruptura con su esposa; el que sacó un disco de villancicos; y el que dijo Cualquier cosa que pueda cantar lo llamo canción; cualquier cosa que no pueda cantar, lo llamo poema; y aquello que no puedo cantar o que es demasiado largo para ser un poema, lo llamo novela.

El poder cesa en el instante del reposo, según Emerson. Reside en el momento de transición del pasado a un nuevo estado. Esta es la razón por la que la mejor obra de Robert Zimmerman sigue siendo Bob Dylan. En ninguna parte más que en el propio Dylan, incesante a su modo, se hace visible su necesidad de expresión y constante evolución que le conducen a la duda musical y temática. El que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo.

"El pasado no me interesa y el mañana a lo mejor no existe.

Cada vez que despierto es siempre presente".

Bob Dylan, 1961.



domingo, 17 de abril de 2011

Busca Ser Maldito VI





Ecrits et paroles

Hube soñado una vez con un camino cortado por las vías de un tren. Eran infinitos los vagones que se ensañaban conmigo cerrándome el paso. Luego estaba yo sentado y dispuesto para ver el desfile de un desasosiego violento. A mi lado, las flores del campo me disipaban del aburrimiento.

- Diga su apellido, nombre, edad, profesión, lugar de nacimiento y domicilio actual.

- Me llamo Martín Lutero. Tengo aproximadamente 39 años. Soy retratista noctámbulo y ejerzo mi ministerio en las calles. Me dijeron de pequeño que soy natural de Pirigueux y en otra vida vivo en la calle Coelho da Rocha, nº16.

- Su nombre, dice, es Martín Lutero, ¿se trata de algún tipo de broma?

- Bueno, eso no fue exactamente lo que me contaron mis padres.

Cansado de esperar decidí retroceder y rectificar por el túnel de paso de viandantes. Pero entonces la ladera hubo desaparecido y un precipicio me acariciaba la cadera. Estaba entre la nada y el tren, como se suele decir. El tiempo me la había vuelto a jugar.

- ¿Y a que se refiere con lo de retratista noctámbulo? ¿Una clase de artista o pintor?

- No, no se trata nada de eso. Soy artesano ocasional, un rato curioso y un poco voyeur por necesidad. De vez en cuando rondo por las calles, observo a la gente y estudio su forma de actuar. Luego intento plasmarlo de algún modo sobre el papel. Hay que cultivar el olvido pues el destino no recuerda.

- Antes de la Revolución, ¿ha pertenecido usted a algún movimiento contracultural?

- Antes de la Revolución sólo he formado parte de una pequeña tribu urbana.

La niebla condensaba en agua y el cielo comenzaba a despejarse. Del mar saltaba una isla, una mujer y una voz. “No he venido hasta aquí para recordar lo que fue, ni para olvidar lo que pudo haber sido. He venido solamente para saber si alguna vez llegó a ser real.”

- ¿Qué principios se profesan en esta Congregación dirigida por usted?

- Únicamente los preceptos de un dios justo y vengativo, a pesar de que el brazo del universo moral esté cada vez más torcido hacia el desafuero.

- ¿Conoce usted que en esas reuniones en el pequeño bosque, los jóvenes han agitado las banderas piratas, y que luego han desgarrado la bandera nacional tras haberla golpeado con las otras banderas, y manchado con barro?

- No sé dónde está el pequeño bosque ni he estado nunca en él pero tengo la seguridad moral de que allí no se habrá tenido el menor propósito contra el gobierno. Lo único que sé es que hay jóvenes que han elegido poder elegir y están dispuestos a luchar por sus ideologías. Como retratista ambulante y ciudadano pasajero sólo podría aconsejarle que se eche a un lado y sea un espectador más, ahora que la Revolución se extiende como la pólvora. Los sueños son ciegos y están libres de impuestos.

Un estado de soberbia aparente salió de entre las rocas apoderándose de mí.”Palabras inválidas para alguien como tú.” Me di la vuelta y vi el sendero ya disponible. El tren se había esfumado. Y el pecado se hubo tornado virtud.

Tú que lo tienes, tú que lo has conseguido encontrar.

Guárdatelo en el bolsillo. Quédatelo para ti.

Yo mientras seguiré buscando.




lunes, 7 de febrero de 2011

Memorias XIV




Una promesa y el rock’n’roll


Llegamos a la terminal cinco minutos antes para asegurarnos de que podíamos viajar en clase turista. Al mostrar la baraja de pasaportes (tres franceses, uno alemán y otro español), el vendedor de los boletos nos echó una mirada de extrañeza como si no entendiese nada de lo que estaba pasando. Dos cigarrillos después y con cinco billetes en la mano, nos subimos al tren con destino a la capital. Tras tantos viajes en avión y colectivo, echaba de menos el mundo sobre los rieles y todo lo que éste conlleva. Pitidos estridentes, ventanillas empañadas de polvo, pasajeros en trance, el paso del tiempo marcado en el suelo y marcas de piedras en los cristales. Los que consumimos andenes como golosina tierna, sabemos que hay conjunciones dolorosas y leemos vidrios rotos de historias vivas y esperanzas muertas. La gomaespuma sobresalía del asiento, el frío entraba cada vez que se abrían las puertas del vagón y una parte del ventilador del techo temblaba cada vez que se agitaba el tren. El Tano estaba sentado en la parte de atrás del vagón tomando mate sin poder dormir y leyendo cualquier basura de las que solía leer. Nos fuimos a cenar al coche-comedor, donde nos quedamos jugando unos trucos y compartiendo una Quilmes con una pareja de músicos brasileños. En mitad de la madrugada se sentó a mi lado una mujer madura que venía de Las Flores. Me comentó que en realidad estaba huyendo por todo el país. Tenía ojeras, botas de cuero y un bote de pastillas. Su aliento apestaba a tabaco y su perfume era de colonia barata. No me acuerdo si era por cuestiones de amor o trabajo. La parte del ventilador que estaba colgando le cayó encima cuando la locomotora volvió a arrancar. (…) Después de trece horas de insomnio, chirridos de raíles y tembleques interminables, llegamos a la estación Constitución. La lluvia caía con fuerza sobre nuestras cabezas y nos apresuramos entre las multitudes para tomar el subte lo antes posible.

Gastamos toda la mañana en recoger las entradas del partido en el estadio Club Defensores de Belgrano que estaba en las afueras del extrarradio y volvimos en tren de cercanías a nuestra pequeña base de San Telmo. El amistoso hispano argentino no tendría lugar hasta dos días más tarde en el Monumental pero tuvimos que sacarlas con antelación para evitar conglomeraciones. Cuando regresé al hostal y descendí al boliche 24h mi hermano ya me estaba esperando con una cerveza. Había llegado hacía unas horas desde Brasil y le había dado tiempo a familiarizarse con el ambiente. En la barra estaba el de siempre. El papanamericano, uno de los mozos que servía tanto de relaciones públicas vendiendo entradas o de camarero o de dj. Los dueños del hostel querían echarle debido a que estaba un poco cansino poniendo su tracklist de pachanga a todas horas. Otros personajes constantes cerca del billar eran el austríaco Fritl y una gordita brasileña que iniciaron una relación de amor. Esa noche cuando salimos a recorrer las calles bonaerenses, nos topamos con un grupo de integrantes del JP (Juventud Peronista) que nos invitaron a una fiesta peronista en una casa okupa y nos fuimos con ellos en colectivo. Durante el trayecto, una revolucionaria de las de verdad nos estuvo comiendo la oreja un rato sobre sus planes y aspiraciones - todo empezó en 1810… - y luego la líe porque dije que Evita era prostituta pero sólo porque me lo había dicho un amigo y en realidad era la segunda o tercera mujer de Perón, la gallega, la que había estado trabajado en los burdeles antes de casarse. El caso es que algunos se volvieron un poco fanáticos y nos lo reprocharon, pero aún así pudimos disfrutar de unos tragos de Fernet dentro de la casa y acabamos perdidos en mitad de la noche, deambulando hacia cualquier lugar sin ningún peso, ni centavo, ni ninguna expectativa de volver al hostal de ninguna otra forma que no fuese caminando.

Todavía borrachos o de resaca, mi hermano, mi primo alemán y yo nos levantamos y notamos que no quedaba nadie en la habitación. La tropa francesa estaba por el Microcentro, así que desayunamos algo en la panadería y fuimos a curiosear un poco por el rastro dominguero. Infinitas calles de libros viejos, tomates mágicos, música tanguera, ceniceros de madera, carricoches de miga de pan y soldaditos de lata. Cuando nos sobresaturamos de tanto puesto decidimos ir a visitar y hacer reverencia a la cancha del Boca, que había perdido el día anterior frente al San Lorenzo. El Tano, tifosi de corazón, había estado allí para presenciarlo. En un principio dudamos de que nos dejasen entrar en la Bombonera o al menos sin pagar. Pasamos decididos regateando a los periodistas, driblando la zona de vestuarios, los banquillos, los focos y finalmente saliendo al campo. Luego, para mayor sorpresa, nos percatamos de que sobre el césped estaba entrenando la campeona del mundo preparándose para el partido del día siguiente. Nos quedamos un rato mirando a la gente que había a nuestro alrededor en el anfiteatro. Los periodistas del CQC estaban entrevistando ni más ni menos que al pibe Valderramas. En ese instante comprendimos que debíamos hacernos una foto y quedar retratados junto al mejor futbolista de la historia colombiana, uno de los más grandes de Sudamérica, aquel del pelo afro o el de la tocada de huevos a Michel. El carisma iba impregnado en su mirada perdida. No fue un gesto, ni una mueca, ni un gruñido lo que hizo. Quizás no se inmutó siquiera. Puede que fuese simplemente un pensamiento. Las canas te salen en función de cuánto vives, no de los años que llevas existiendo. O, en palabras de Calamaro, estupefacientes, rock, fútbol y salas de ensayo. Bueno, al final creo que salió un gracias por debajo de su mostacho. Luego en un bar cerca de la calle Caminito estuvimos debatiendo si realmente era él o cualquier otro personaje que se le pareciese. Pero, ¿qué importaba si se trataba del verdadero Valderramas o de un maldito fake? Es decir, ¿qué iba a cambiar el hecho de corroborar con fuentes ilegítimas de Internet que aquel sujeto no era el auténtico veterano jugador de fútbol? Ese instante ya nos había marcado. Ya habíamos vivido un sartori. Las puertas del bar se abrieron de golpe y entró un vendedor ambulante disfrazado de súper mosquito que ofrecía muñecos de mosquitos. Más de lo mismo: Crea y te condenarán por ello.

Siete vidas tienen los gatos y una más nosotros, los hermanos

Ahora que se incendian las calles y nacen nuevos golpes de estado

Que Medio Oriente cambia de bando

Y las voces claman un nuevo orden

Ahora que el aire es poder y la revolución es popular

Que todo es lo que parece ser y nada es la única verdad

Ahora que Robin Hood es virtual y se esconde tras su misma red

Que los especuladores explotan la burbuja y naufragan los bancos

Ahora que los políticos más granujas se disfrazan de Tony Soprano

Que los tiempos pasados han mutado

Y el viento sopla desde otro lado

Ahora qué rodamos cuesta abajo

¿Quién aguanta este ritmo de trabajo?

Que nadie se suicida por amor ¿Quién no se muere por su religión?

Ahora que la violencia es extrema ¿Dónde está el resto de la crema?

¿De quién eran aquellos temas que sonaban en el televisor?

¿Quién es el que nunca se queja y el que siempre pierde la razón?

¿Acaso hay qué hacer sólo caso a esos que sólo hablan de progreso?

¿Quién dijo el Planeta de los Sueños?

¿En dónde podríamos estar mejor?

¿Qué es lo único que queda intacto como un grabado en el corazón?

Cuando tiramos del mantel por debajo de los cubiertos y los platos

Lo único que nos queda sobre la mesa es una promesa y el rock’n’roll.


jueves, 6 de enero de 2011

Cuando Éramos Reyes I


Es la historia contada desde el compañerismo y que transmite religiosidad, o reverencia religiosa acerca de la vida real, en este mundo real en el cual la literatura debería reflejarse. (…) En otras palabras, las historias inventadas y las novelas rosas sobre lo que pasaría SI… son para niños y adultos cretinos que temen reconocerse en un libro igual que temen mirarse al espejo cuando están enfermos o heridos o resacados o locos.

Jack Kerouac. Sartori en París.

Pamplona, Julio de 2007


Todo es cuestión de principios. Por aquel entonces el nuestro era vagabundear por las calles en busca de problemas. Se podía resumir en una sola imagen: Éramos ocho clochards desamparados en medio de ninguna parte, esparcidos a lo largo de una plaza que aún estaba sufriendo las consecuencias post-concierto mientras las multitudes pernoctaban en los alrededores, abrían sus sacos de dormir o montaban sus tiendas de acampada. Algunos de nosotros nos tapábamos con cartones no-demasiado-húmedos que habíamos encontrado junto a un contenedor para protegernos de la lluvia y de la fría noche pamplonesa. Otros optaban por acurrucarse junto a los demás y calentarse mutuamente. Yo desde el segundo día había cambiado el llamado efecto iglú (que consiste en estirarte la parte de abajo de la camiseta hasta las rodillas cubriéndote así casi todo el cuerpo) por una sudadera roja. Mientras intentábamos descansar, un desconocido con greñas en el pelo, de unos cuarenta años y con aires de haber vivido lo suficiente se acercó a nosotros:

- ¿Alguien quiere fumar coca conmigo en los cuartos de baño?

Mi amigo que estaba a la derecha se levantó, resucitando entre los cartones, y se fue con él a los servicios públicos. Nadie se preocupó demasiado. Al rato aparecieron los dos, saliendo del tenebroso túnel y yéndose animados hacia las luces. Intrigado, me levanté y les seguí hasta un puesto de la feria que todavía estaba abierto. El greñudo le estaba invitando a chocolate caliente a mi amigo, así que me acerqué y probé algunos de los fríos, crujientes y aceitosos churros. Unas gitanas feriantes que estaban sentadas en las sombras, detrás del puesto, empezaron a gritarle cosas no demasiado obvias. Cuando el greñudo empezó a soltarnos un discurso del tipo en la vida lo más importante eres tú, luego tú y al final tú decidimos que ya no resultaba interesante y que no nos podía aportar mucho más. Entonces nos fuimos a la calle que desembocaba a la plaza del Castillo para ver que encontrábamos mientras los demás dormían. Debía de estar amaneciendo porque los bares estaban ya quedándose medio vacíos. Llamamos a nuestro contacto y guardián del equipaje para que nos dejase entrar en su portal pero estaba demasiado ocupado sobando. Al final acabamos durmiendo con los demás. O en un cajero automático.



Nuestra primera casa fue un parque y una cafetería, uno enfrente de la otra. En el parque dormíamos sobre los toboganes o en el césped, mientras que en la cafetería nos dejaban hacer nuestras necesidades a cambio de consumir el desayuno o cualquier cosa para comer. En realidad, nuestra verdadera casa era una consigna con un candado cerrado. Guardamos todo nuestro equipaje el primer día que llegamos y hasta el último no lo pudimos recoger. El anfitrión era un amigo de una amiga de un amigo así que tampoco había mucha confianza. Aún así nos dijo que podíamos ir allí siempre que necesitásemos algo (nunca estaba disponible), ducharnos (nunca nos duchamos) o cambiarnos de ropa (un amigo contrajo tínea pedís por no cambiarse de calcetines). Para economizar el viaje, practicábamos lo que se llama mendicidad inteligente. Recolectábamos paquetes de patatas fritas o hamburguesas inacabadas que la gente dejaba en los macdonales, rebuscábamos entre la basura alguna caja de pizza que contuviese todavía algún pedazo o mirábamos la fecha de caducidad de los productos que tiraban los supermercados antes de hora. Otras veces directamente comprábamos pan y robábamos queso (pequeñas trampas legales). Por las tardes empezábamos a beber cerca de la feria viendo a la gente pasar. Como estábamos en medio de la fiebre del megáfono, nos tocó comprar uno y robar otro. A pesar de la melodía chirriante de Para Elisa, cantar o grabar piropos sutiles a las chicas del tipo ojalá fuera baldosa para verte toda la cosa no tiene precio. Creo que prohibieron el uso de los megáfonos dos semanas después. Por las noches nos empapábamos de alcohol, empezábamos conversaciones con ex-presidiarios o guiris bolingas, recorríamos todas las calles de los pubs, acosábamos a todas las chicas que no se dejasen acosar en las pistas de baile y cuando empezaba a salir el sol, nos íbamos a coger sitio para intentar ver el encierro. Había veces que conseguíamos situarnos en la puerta de la plaza de toros que siempre estaba infectada de extranjeros. Luego regresábamos al parque e intentábamos descansar con el calor del sol. A medida que aumentaba el cansancio y se enfriaba el ambiente, concluimos que era mejor buscar sitios cerrados, como portales o garajes, a pesar de que el suelo es más duro. Una de las últimas noches, empezamos durmiendo en un parking y nos despertamos en la estación de autobuses, pero eso ya es otra historia. El último día, después de recuperar nuestras mochilas, deambulamos un poco por la estación y mientras esperábamos que llegase el autocar estuvimos jugando con una pelota de plástico amarilla que se iba reduciendo exponencialmente con el tiempo y que creo aún sigue viva. Me despedí de mis amigos y me reuní con mi hermano y sus amigos que estaban en algún punto inexacto de la ciudad.



Tardé menos de una hora en encontrarles, ya con sus caras demacradas al igual que la mía aunque ellos tenían un coche para dormir en caliente. Cenamos cerveza con patatas fritas y durante la noche, mientras gorroneábamos sangría a los guiris y hablábamos de fútbol con ellos, mi hermano desapareció quién-sabe-dónde. Vagué un tiempo solitariamente en su búsqueda sin mucho convencimiento y no lo encontré. Con quien sí me topé fue con cuatro bilbaínos que me estuvieron enseñando algunas palabras en euskera sin sentido y juntos tropezamos con un vagabundo borracho que bien podría haber sido presidente de cualquier país. Si Kerouac encontró el sartori (término japonés para la iluminación repentina, despertar repentino o simplemente una patada en el ojo) en un taxista parisino, a mí se me apareció en forma de un profeta gallego, que se autoproclamaba déspota universal y que había recorrido medio mundo buscándose a sí mismo. Tenía una de esas miradas místicas que parecen decir sé algo que tú no sabes.

- A la política le está pasando lo mismo que a las religiones. Con el tiempo todo acabará saliendo a la luz, la gente perderá su fe poco a poco y sólo quedarán los fanáticos que cada vez son más fanáticos. Imos á deriva. La verdadera crisis preocupante que llegará (cf. 2010) no será la económica, sino la cultural derivada en un conformismo social. En el momento en que transformen una cadena de informativos (cf. CNN+) en una de telebasura (cf. GH 24 h) llegaremos a un laberinto sin salida. Ahora que podemos tener toda la información y conocimiento al alcance de la mano (o de un click), que tarde o temprano se terminará (cf. ley Sinde), la gente prefiere pasarse horas delante del televisor abstrayéndose de una realidad que no le corresponde ni necesita. Imos ao carallo. El dinero se puede gastar en necesidad, conocimiento, comodidad o vicios, cada uno es libre de hacer lo que quiera. As gaivotas seguen ao barco porque saben que acabarán caendo sardiñas ao mar. Imos á deriva…

Cuando me di la vuelta un momento para situarme, había desaparecido entre la muchedumbre y no lo volví a ver. Callejeé un rato más, ya sin rumbo ni dirección, en busca de cualquier cosa que echarme a la boca pues mi presupuesto se había acabado y la mochila estaba guardada en el coche. También intenté llamar a mi hermano y sus amigos pero la batería de mi teléfono se fundió de un momento a otro. Pedí un móvil y un euro para llamarles pero no daba señal o estaba apagado o perdido en cualquier rincón de Pamplona. Al final de la noche, ya con hambre y sueño, me fijé que un hombre estaba saliendo de un portal, corrí y llegué a tiempo para meter el pie e impedir que se cerrase la puerta. Me colé, llamé al ascensor y subí al último piso. Dormí dos o tres horas en el rellano del ático. Me desperté con dolor en la espalda y recorrí de nuevo los lugares dónde era más probable que les encontrara. Salió el sol y no obtuve ningún resultado. Justo cuando caminaba decidido a robar mi desayuno en el Mercadona, oí unos gritos que procedían de un Opel Astra y vi la cabeza de mi hermano asomándose. En el coche también estaban Dimitri Pilotokov y Pepe Supertramp. - Súbete a bordo que nos vamos a Gijón. -

Independientemente de cómo se viaje, de los atajos que se tomen, del cumplimiento o no de las expectativas, uno siempre acaba aprendiendo algo que termina por editar el pensamiento.




sábado, 11 de diciembre de 2010

Músicos de Carretera: Carlos Gardel



Hasta hace unos días el único recuerdo argentino que podía traerme mi ventana sobre la rue de Gentilly era el paso de algún gorrión idéntico a los nuestros, tan alegre, despreocupado y haragán como los que se bañan en nuestras fuentes o bullen en el polvo de las plazas. Ahora unos amigos me han dejado una vitrola y unos discos de Gardel. Enseguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en la vitrola, con toda la distorsión, y la pérdida imaginables; su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas en el año veinticuatro o veinticinco. (…) Es más atrás, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena o con las primeras lamparitas, que él está en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias.

Julio Cortázar

120 Aniversario del nacimiento de Carlos Gardel

El 24 de junio de 1935, dieciséis personas fallecieron en la colisión de dos aeroplanos que estaban a punto de despegar sobre la pista del aeropuerto de Medellín, Colombia. En el accidente se esfumaría también el sueño del tango: Carlos Gardel. A pesar de que el informe oficial sostiene que el incidente se debió al infortunio y a causas de distinta naturaleza, hay versiones que hablan de una supuesta rivalidad entre las dos empresas aéreas y entre los pilotos causantes del siniestro. La muerte suele clausurar las pasiones, pero no en el caso de Gardel que, aún muerto, sigue cultivando misterios al igual que lo hizo toda su vida.

Será por ese mito que constituyó su voz y su talento que hasta en los más ínfimos detalles de su vida aparece la duda, como en el lugar nacimiento y con anécdotas que se renuevan con el paso del tiempo. Charles Romuald Gardès nació el 11 de diciembre de 1880, en la ciudad de Toulouse, y a los tres años emigró con su madre, que nunca llegó a saber con exactitud quien era el padre, al Río de la Plata para escapar de la humillación y de la miseria. Sin embargo, hay quienes mantienen que nació en Tacuarembó, República Oriental de Uruguay. Desde pequeño demostró que su vocación era el canto, abandonó los estudios y empezó a actuar en cafetines suburbiales de Buenos Aires. En 1915 formó el dúo con el uruguayo José Razzano, recorriendo los dormidos pueblos de la provincia de Buenos Aires y grabó Mi Noche Triste, el primer tango canción. Fue a raíz de una apoteósica actuación en el teatro Esmeralda, cuando la importancia del cantor se acrecentó y dio al dúo Gardel-Razzano una fulminante celebridad. A finales de la década de 1920, la identificación de Gardel con el tango era ya un fenómeno de ámbito universal.

El tándem se mantuvo hasta 1925, año en el que Gardel partiría solo hacia Europa. Un buen día viajaría hasta Barcelona y París para ganar algún dinero y pagar sus deudas de juego. La voz, la estampa y la simpatía de Gardel arrollaban, especialmente entre las mujeres. Fueron muchas las que dejaron un rastro indeleble en la vida de Carlos Gardel, pero sin embargo ninguna fue capaz de encender la llama de una inflamada pasión. Fue esquivo a los enfrentamientos personales y fundamentalmente un hombre temeroso de su propia intimidad. Rehuyó siempre de toda obligación que no fuera la de su arte.

El ala del sombrero le ensombrece los ojos, la sonrisa es tierna y ancha y los ojos pequeños se rasgan con el asombro o la melancolía. El celuloide empobrece sus gestos, apenas deja traslucir su alma perfecta, dicen quienes lo conocieron. Pero cuando canta su cara se ilumina, todo, todo se ilumina.

Los caballos de carreras representaron en la vida de Gardel un asunto de peculiar interés, cuando en 1925 se empecinó en tener su propio caballo: Lunático. De hecho en la popular canción Por Una Cabeza (expresión usada en la jerga hípica rioplatense) hace referencia a los caballos y el fanatismo de las apuestas, vinculado también a las mujeres y a la vida.

En 1934, después de haberse paseado en olor de multitud por escenarios de Europa y Estados Unidos donde actuó en varias películas, Carlos Gardel inició una gira por toda Hispanoamérica provocando el delirio. Cuando se encontraba en la cúspide de su fama, el cantor murió en el intrigante accidente de aviación. Su historia es apasionante y revela un drama deshilvanado y poco probable, aunque inquietante. Se ha dicho que antes de marcharse a Europa era habitué de comités conservadores y compadrito en los bailongos. Hay pruebas de que recibió un balazo a la salida de un cabaret, pero no es cierto que haya estado en una cárcel de la Patagonia. Su carisma y su triunfo internacional ocultaron siempre todo el esfuerzo consciente con el que llevó su carrera y completó su personalidad artística. Gardel era natural. Todo le salía así porque tenía el don, era un privilegiado, un favorito de Dios. Todo le venía de arriba.

En el Buenos Aires de hoy, sólo la humedad y la nostalgia constituyen un hilo común con aquella otra de las décadas del 20 y del 30, que patentizaron la peripecia de Gardel. Ni la palabra, el honor, el amor o los escrúpulos son los mismos y hasta el machismo es una entidad de descarte. La bisagra es Gardel, que fue la bocina parlante de aquel porteño desesperado, confundido, aletargado y entre la arcilla del Río de la Plata, sumergido en la miseria ingente y abismado frente a un futuro incierto, con horizonte chato.