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lunes, 12 de septiembre de 2011

Memorias XV

No quiero perderme nada. Deseo jugar con la locura y experimentar con el amor. Sacar de paseo la lujuria y convivir con el dolor. Dejarme mojar por la lluvia de verano y recaer en invierno. Perderme a la deriva y morir en el intento. Vivir deprisa para morir despacio. Romper con todo y empezar de nuevo.

Quiero soñar con fuego en mis ojos y tocar lo imposible. Correr eternamente. Luego reposar. Dejarme atropellar por un carrusel de colores. Despedazar lo más frágil y coser las piezas de nuevo. Volar por los rincones oscuros. Brillar aún más la claridad. Contentar a los iracundos y sacar de quicio a los impasibles. Trepar por muros invisibles y acabar hundido en un pozo sin fondo. Rellenar los huecos que dejaste. Vaciar todo lo que conseguiste.

Seguir el camino que marcaban sus huellas. Conocer la rueda que hace girar el mundo. Disfrutar de mi último segundo en la tierra. Explotar las sendas que manchan el universo. Exprimir las palabras para formar nuevos versos. Cambiar el sentido que perdió el viento y perseguir el arrepentimiento. Vivir a matar. Matar para sobrevivir.

Despertarme temblando de nostalgia y olvidar los malos momentos. Contaminar las ideas más puras y revolucionar los tiempos de sosiego. Sangrar petróleo en los campos y plantar rosas de alquitrán. Detonar la bomba que salvará a la humanidad. Aliviar las penas que sufren los mártires al pecar. Revisar los papeles que perdieron los sabios. Escribir la lista de mis deberes.

lunes, 7 de febrero de 2011

Memorias XIV




Una promesa y el rock’n’roll


Llegamos a la terminal cinco minutos antes para asegurarnos de que podíamos viajar en clase turista. Al mostrar la baraja de pasaportes (tres franceses, uno alemán y otro español), el vendedor de los boletos nos echó una mirada de extrañeza como si no entendiese nada de lo que estaba pasando. Dos cigarrillos después y con cinco billetes en la mano, nos subimos al tren con destino a la capital. Tras tantos viajes en avión y colectivo, echaba de menos el mundo sobre los rieles y todo lo que éste conlleva. Pitidos estridentes, ventanillas empañadas de polvo, pasajeros en trance, el paso del tiempo marcado en el suelo y marcas de piedras en los cristales. Los que consumimos andenes como golosina tierna, sabemos que hay conjunciones dolorosas y leemos vidrios rotos de historias vivas y esperanzas muertas. La gomaespuma sobresalía del asiento, el frío entraba cada vez que se abrían las puertas del vagón y una parte del ventilador del techo temblaba cada vez que se agitaba el tren. El Tano estaba sentado en la parte de atrás del vagón tomando mate sin poder dormir y leyendo cualquier basura de las que solía leer. Nos fuimos a cenar al coche-comedor, donde nos quedamos jugando unos trucos y compartiendo una Quilmes con una pareja de músicos brasileños. En mitad de la madrugada se sentó a mi lado una mujer madura que venía de Las Flores. Me comentó que en realidad estaba huyendo por todo el país. Tenía ojeras, botas de cuero y un bote de pastillas. Su aliento apestaba a tabaco y su perfume era de colonia barata. No me acuerdo si era por cuestiones de amor o trabajo. La parte del ventilador que estaba colgando le cayó encima cuando la locomotora volvió a arrancar. (…) Después de trece horas de insomnio, chirridos de raíles y tembleques interminables, llegamos a la estación Constitución. La lluvia caía con fuerza sobre nuestras cabezas y nos apresuramos entre las multitudes para tomar el subte lo antes posible.

Gastamos toda la mañana en recoger las entradas del partido en el estadio Club Defensores de Belgrano que estaba en las afueras del extrarradio y volvimos en tren de cercanías a nuestra pequeña base de San Telmo. El amistoso hispano argentino no tendría lugar hasta dos días más tarde en el Monumental pero tuvimos que sacarlas con antelación para evitar conglomeraciones. Cuando regresé al hostal y descendí al boliche 24h mi hermano ya me estaba esperando con una cerveza. Había llegado hacía unas horas desde Brasil y le había dado tiempo a familiarizarse con el ambiente. En la barra estaba el de siempre. El papanamericano, uno de los mozos que servía tanto de relaciones públicas vendiendo entradas o de camarero o de dj. Los dueños del hostel querían echarle debido a que estaba un poco cansino poniendo su tracklist de pachanga a todas horas. Otros personajes constantes cerca del billar eran el austríaco Fritl y una gordita brasileña que iniciaron una relación de amor. Esa noche cuando salimos a recorrer las calles bonaerenses, nos topamos con un grupo de integrantes del JP (Juventud Peronista) que nos invitaron a una fiesta peronista en una casa okupa y nos fuimos con ellos en colectivo. Durante el trayecto, una revolucionaria de las de verdad nos estuvo comiendo la oreja un rato sobre sus planes y aspiraciones - todo empezó en 1810… - y luego la líe porque dije que Evita era prostituta pero sólo porque me lo había dicho un amigo y en realidad era la segunda o tercera mujer de Perón, la gallega, la que había estado trabajado en los burdeles antes de casarse. El caso es que algunos se volvieron un poco fanáticos y nos lo reprocharon, pero aún así pudimos disfrutar de unos tragos de Fernet dentro de la casa y acabamos perdidos en mitad de la noche, deambulando hacia cualquier lugar sin ningún peso, ni centavo, ni ninguna expectativa de volver al hostal de ninguna otra forma que no fuese caminando.

Todavía borrachos o de resaca, mi hermano, mi primo alemán y yo nos levantamos y notamos que no quedaba nadie en la habitación. La tropa francesa estaba por el Microcentro, así que desayunamos algo en la panadería y fuimos a curiosear un poco por el rastro dominguero. Infinitas calles de libros viejos, tomates mágicos, música tanguera, ceniceros de madera, carricoches de miga de pan y soldaditos de lata. Cuando nos sobresaturamos de tanto puesto decidimos ir a visitar y hacer reverencia a la cancha del Boca, que había perdido el día anterior frente al San Lorenzo. El Tano, tifosi de corazón, había estado allí para presenciarlo. En un principio dudamos de que nos dejasen entrar en la Bombonera o al menos sin pagar. Pasamos decididos regateando a los periodistas, driblando la zona de vestuarios, los banquillos, los focos y finalmente saliendo al campo. Luego, para mayor sorpresa, nos percatamos de que sobre el césped estaba entrenando la campeona del mundo preparándose para el partido del día siguiente. Nos quedamos un rato mirando a la gente que había a nuestro alrededor en el anfiteatro. Los periodistas del CQC estaban entrevistando ni más ni menos que al pibe Valderramas. En ese instante comprendimos que debíamos hacernos una foto y quedar retratados junto al mejor futbolista de la historia colombiana, uno de los más grandes de Sudamérica, aquel del pelo afro o el de la tocada de huevos a Michel. El carisma iba impregnado en su mirada perdida. No fue un gesto, ni una mueca, ni un gruñido lo que hizo. Quizás no se inmutó siquiera. Puede que fuese simplemente un pensamiento. Las canas te salen en función de cuánto vives, no de los años que llevas existiendo. O, en palabras de Calamaro, estupefacientes, rock, fútbol y salas de ensayo. Bueno, al final creo que salió un gracias por debajo de su mostacho. Luego en un bar cerca de la calle Caminito estuvimos debatiendo si realmente era él o cualquier otro personaje que se le pareciese. Pero, ¿qué importaba si se trataba del verdadero Valderramas o de un maldito fake? Es decir, ¿qué iba a cambiar el hecho de corroborar con fuentes ilegítimas de Internet que aquel sujeto no era el auténtico veterano jugador de fútbol? Ese instante ya nos había marcado. Ya habíamos vivido un sartori. Las puertas del bar se abrieron de golpe y entró un vendedor ambulante disfrazado de súper mosquito que ofrecía muñecos de mosquitos. Más de lo mismo: Crea y te condenarán por ello.

Siete vidas tienen los gatos y una más nosotros, los hermanos

Ahora que se incendian las calles y nacen nuevos golpes de estado

Que Medio Oriente cambia de bando

Y las voces claman un nuevo orden

Ahora que el aire es poder y la revolución es popular

Que todo es lo que parece ser y nada es la única verdad

Ahora que Robin Hood es virtual y se esconde tras su misma red

Que los especuladores explotan la burbuja y naufragan los bancos

Ahora que los políticos más granujas se disfrazan de Tony Soprano

Que los tiempos pasados han mutado

Y el viento sopla desde otro lado

Ahora qué rodamos cuesta abajo

¿Quién aguanta este ritmo de trabajo?

Que nadie se suicida por amor ¿Quién no se muere por su religión?

Ahora que la violencia es extrema ¿Dónde está el resto de la crema?

¿De quién eran aquellos temas que sonaban en el televisor?

¿Quién es el que nunca se queja y el que siempre pierde la razón?

¿Acaso hay qué hacer sólo caso a esos que sólo hablan de progreso?

¿Quién dijo el Planeta de los Sueños?

¿En dónde podríamos estar mejor?

¿Qué es lo único que queda intacto como un grabado en el corazón?

Cuando tiramos del mantel por debajo de los cubiertos y los platos

Lo único que nos queda sobre la mesa es una promesa y el rock’n’roll.


jueves, 6 de enero de 2011

Cuando Éramos Reyes I


Es la historia contada desde el compañerismo y que transmite religiosidad, o reverencia religiosa acerca de la vida real, en este mundo real en el cual la literatura debería reflejarse. (…) En otras palabras, las historias inventadas y las novelas rosas sobre lo que pasaría SI… son para niños y adultos cretinos que temen reconocerse en un libro igual que temen mirarse al espejo cuando están enfermos o heridos o resacados o locos.

Jack Kerouac. Sartori en París.

Pamplona, Julio de 2007


Todo es cuestión de principios. Por aquel entonces el nuestro era vagabundear por las calles en busca de problemas. Se podía resumir en una sola imagen: Éramos ocho clochards desamparados en medio de ninguna parte, esparcidos a lo largo de una plaza que aún estaba sufriendo las consecuencias post-concierto mientras las multitudes pernoctaban en los alrededores, abrían sus sacos de dormir o montaban sus tiendas de acampada. Algunos de nosotros nos tapábamos con cartones no-demasiado-húmedos que habíamos encontrado junto a un contenedor para protegernos de la lluvia y de la fría noche pamplonesa. Otros optaban por acurrucarse junto a los demás y calentarse mutuamente. Yo desde el segundo día había cambiado el llamado efecto iglú (que consiste en estirarte la parte de abajo de la camiseta hasta las rodillas cubriéndote así casi todo el cuerpo) por una sudadera roja. Mientras intentábamos descansar, un desconocido con greñas en el pelo, de unos cuarenta años y con aires de haber vivido lo suficiente se acercó a nosotros:

- ¿Alguien quiere fumar coca conmigo en los cuartos de baño?

Mi amigo que estaba a la derecha se levantó, resucitando entre los cartones, y se fue con él a los servicios públicos. Nadie se preocupó demasiado. Al rato aparecieron los dos, saliendo del tenebroso túnel y yéndose animados hacia las luces. Intrigado, me levanté y les seguí hasta un puesto de la feria que todavía estaba abierto. El greñudo le estaba invitando a chocolate caliente a mi amigo, así que me acerqué y probé algunos de los fríos, crujientes y aceitosos churros. Unas gitanas feriantes que estaban sentadas en las sombras, detrás del puesto, empezaron a gritarle cosas no demasiado obvias. Cuando el greñudo empezó a soltarnos un discurso del tipo en la vida lo más importante eres tú, luego tú y al final tú decidimos que ya no resultaba interesante y que no nos podía aportar mucho más. Entonces nos fuimos a la calle que desembocaba a la plaza del Castillo para ver que encontrábamos mientras los demás dormían. Debía de estar amaneciendo porque los bares estaban ya quedándose medio vacíos. Llamamos a nuestro contacto y guardián del equipaje para que nos dejase entrar en su portal pero estaba demasiado ocupado sobando. Al final acabamos durmiendo con los demás. O en un cajero automático.



Nuestra primera casa fue un parque y una cafetería, uno enfrente de la otra. En el parque dormíamos sobre los toboganes o en el césped, mientras que en la cafetería nos dejaban hacer nuestras necesidades a cambio de consumir el desayuno o cualquier cosa para comer. En realidad, nuestra verdadera casa era una consigna con un candado cerrado. Guardamos todo nuestro equipaje el primer día que llegamos y hasta el último no lo pudimos recoger. El anfitrión era un amigo de una amiga de un amigo así que tampoco había mucha confianza. Aún así nos dijo que podíamos ir allí siempre que necesitásemos algo (nunca estaba disponible), ducharnos (nunca nos duchamos) o cambiarnos de ropa (un amigo contrajo tínea pedís por no cambiarse de calcetines). Para economizar el viaje, practicábamos lo que se llama mendicidad inteligente. Recolectábamos paquetes de patatas fritas o hamburguesas inacabadas que la gente dejaba en los macdonales, rebuscábamos entre la basura alguna caja de pizza que contuviese todavía algún pedazo o mirábamos la fecha de caducidad de los productos que tiraban los supermercados antes de hora. Otras veces directamente comprábamos pan y robábamos queso (pequeñas trampas legales). Por las tardes empezábamos a beber cerca de la feria viendo a la gente pasar. Como estábamos en medio de la fiebre del megáfono, nos tocó comprar uno y robar otro. A pesar de la melodía chirriante de Para Elisa, cantar o grabar piropos sutiles a las chicas del tipo ojalá fuera baldosa para verte toda la cosa no tiene precio. Creo que prohibieron el uso de los megáfonos dos semanas después. Por las noches nos empapábamos de alcohol, empezábamos conversaciones con ex-presidiarios o guiris bolingas, recorríamos todas las calles de los pubs, acosábamos a todas las chicas que no se dejasen acosar en las pistas de baile y cuando empezaba a salir el sol, nos íbamos a coger sitio para intentar ver el encierro. Había veces que conseguíamos situarnos en la puerta de la plaza de toros que siempre estaba infectada de extranjeros. Luego regresábamos al parque e intentábamos descansar con el calor del sol. A medida que aumentaba el cansancio y se enfriaba el ambiente, concluimos que era mejor buscar sitios cerrados, como portales o garajes, a pesar de que el suelo es más duro. Una de las últimas noches, empezamos durmiendo en un parking y nos despertamos en la estación de autobuses, pero eso ya es otra historia. El último día, después de recuperar nuestras mochilas, deambulamos un poco por la estación y mientras esperábamos que llegase el autocar estuvimos jugando con una pelota de plástico amarilla que se iba reduciendo exponencialmente con el tiempo y que creo aún sigue viva. Me despedí de mis amigos y me reuní con mi hermano y sus amigos que estaban en algún punto inexacto de la ciudad.



Tardé menos de una hora en encontrarles, ya con sus caras demacradas al igual que la mía aunque ellos tenían un coche para dormir en caliente. Cenamos cerveza con patatas fritas y durante la noche, mientras gorroneábamos sangría a los guiris y hablábamos de fútbol con ellos, mi hermano desapareció quién-sabe-dónde. Vagué un tiempo solitariamente en su búsqueda sin mucho convencimiento y no lo encontré. Con quien sí me topé fue con cuatro bilbaínos que me estuvieron enseñando algunas palabras en euskera sin sentido y juntos tropezamos con un vagabundo borracho que bien podría haber sido presidente de cualquier país. Si Kerouac encontró el sartori (término japonés para la iluminación repentina, despertar repentino o simplemente una patada en el ojo) en un taxista parisino, a mí se me apareció en forma de un profeta gallego, que se autoproclamaba déspota universal y que había recorrido medio mundo buscándose a sí mismo. Tenía una de esas miradas místicas que parecen decir sé algo que tú no sabes.

- A la política le está pasando lo mismo que a las religiones. Con el tiempo todo acabará saliendo a la luz, la gente perderá su fe poco a poco y sólo quedarán los fanáticos que cada vez son más fanáticos. Imos á deriva. La verdadera crisis preocupante que llegará (cf. 2010) no será la económica, sino la cultural derivada en un conformismo social. En el momento en que transformen una cadena de informativos (cf. CNN+) en una de telebasura (cf. GH 24 h) llegaremos a un laberinto sin salida. Ahora que podemos tener toda la información y conocimiento al alcance de la mano (o de un click), que tarde o temprano se terminará (cf. ley Sinde), la gente prefiere pasarse horas delante del televisor abstrayéndose de una realidad que no le corresponde ni necesita. Imos ao carallo. El dinero se puede gastar en necesidad, conocimiento, comodidad o vicios, cada uno es libre de hacer lo que quiera. As gaivotas seguen ao barco porque saben que acabarán caendo sardiñas ao mar. Imos á deriva…

Cuando me di la vuelta un momento para situarme, había desaparecido entre la muchedumbre y no lo volví a ver. Callejeé un rato más, ya sin rumbo ni dirección, en busca de cualquier cosa que echarme a la boca pues mi presupuesto se había acabado y la mochila estaba guardada en el coche. También intenté llamar a mi hermano y sus amigos pero la batería de mi teléfono se fundió de un momento a otro. Pedí un móvil y un euro para llamarles pero no daba señal o estaba apagado o perdido en cualquier rincón de Pamplona. Al final de la noche, ya con hambre y sueño, me fijé que un hombre estaba saliendo de un portal, corrí y llegué a tiempo para meter el pie e impedir que se cerrase la puerta. Me colé, llamé al ascensor y subí al último piso. Dormí dos o tres horas en el rellano del ático. Me desperté con dolor en la espalda y recorrí de nuevo los lugares dónde era más probable que les encontrara. Salió el sol y no obtuve ningún resultado. Justo cuando caminaba decidido a robar mi desayuno en el Mercadona, oí unos gritos que procedían de un Opel Astra y vi la cabeza de mi hermano asomándose. En el coche también estaban Dimitri Pilotokov y Pepe Supertramp. - Súbete a bordo que nos vamos a Gijón. -

Independientemente de cómo se viaje, de los atajos que se tomen, del cumplimiento o no de las expectativas, uno siempre acaba aprendiendo algo que termina por editar el pensamiento.




lunes, 8 de noviembre de 2010

Memorias XIII


La Muerte de Mr. K

Miles de paraguas salen a las calles todavía conmocionados por la muerte de Mr. K. Todos se preguntan cómo ha podido ocurrir. La noticia llegó por la mañana con las calles vacías y las tiendas cerradas. Si juegas con la duda, sufres; pero vivir de costumbres es lo que te mata. Habrá que romper las tradiciones y congelar los vicios. Y es que el velatorio terminó esta mañana pero sigue lloviendo. Su muerte supone un vacío de poder en la tierra de Evita, dejando huérfano el peronismo (kirchnerismo) y aumentando la incertidumbre política. Las acciones de las compañías argentinas y bonos estatales se disparan. Cada suspiro es un espectro de un recuerdo. Cada latido de un pecado es una condena que vale la pena. Amanece en Buenos aires. “Néstor vive”. La plaza de Mayo se llena con mensajes de apoyo y condolencia a la primera ministra. “Eva, Perón y Néstor, todos con Kristina”. Cada lágrima es un alivio para el olvido. Cada página es un acuerdo para el recuerdo. Cada charco de nostalgia se desvanece en gotas de vapor. El pingüino pervivirá en las mentes de las masas, convertido en mito antes de llegar a serlo. La desdicha le agrandará. Se quedó allí. Ya no se puede mirar atrás. Ahora llega el invierno. La primavera la dejé allí.



Vivimos en una balanza virtual,

Descompensados por un contrapeso equivocado,

Atrapados en un equilibrio inexistente,

Y arrollados por un caos infinito.

No nos damos cuenta de todo esto,

Abstraídos por una realidad extraterrestre,

Víctimas de una adicción al desarrollo,

Podridos de corrupción e incertidumbre.

Nos convencemos de que hacemos lo correcto,

Perseguidos y juzgados por una moral universal

Que con la estabilidad de un castillo de arena,

Nos dicta sentencia antes siquiera de empezar.

Nos empeñamos en seguir intentándolo,

Condenados por un inconformismo crónico,

Y Seguros de poder cambiar el mundo.

Pero no entendemos que las cosas siguen un curso

Natural, intrínseco y salvaje.



lunes, 30 de agosto de 2010

Memorias XII

***

« (…) La gente vive muchos años, pero en realidad está verdaderamente viva sólo cuando consigue hacer aquello para lo que nació. Antes o después no hace otra cosa que esperar y recordar. Pero no está triste cuando espera o recuerda. Parece triste. Pero lo único que ocurre es que está un poco lejos (…) ».

Ultimo Parri. Esta Historia.


Yo siempre quise ser el más valiente de los hombres cobardes, conocer el funcionamiento de cada maldita tuerca de la tierra y comprender como ruedan todas las piezas de este mundo. Así que me puse mi humilde traje de explorador y comencé un pequeño golpe de estado en mi interior. Ya desde pequeño había sido condenado a libertad perpetua y a llevar a rastras la cruz que conlleva ser un prófugo eterno. Mi único miedo entonces era que cuando llegase a viejo sintiese que no había vivido lo suficiente y pensase que el tiempo se me había caído de los bolsillos.

En uno de mis primeros destinos, allá donde la frontera queda más cerca del este que del océano, estuve alojado en la posada Sin Nombre durante los dos primeros días. La noche antes de que decidiese que ya había exprimido casi por completo la ciudad me quedé cenando con unos amigos que estaban debatiendo sobre la evolución del pueblo sudamericano (véase Canto General) y proponiendo planes para salvar el mundo (…). Entendí lo que podía dar de sí cuatro preguntas bien planteadas con cerveza chilena bien fría, podía ver la diferencia que hay entre los que creen sentirse orgullosos por una bandera ahora liberada y los que sufrían antes la vergüenza por haber sido un pueblo opresor, las deudas que se arrastran y llevan continentes al naufragio, potencias mundiales explotadoras que salen a pescar en tiempos de crisis, exportaciones tan innecesarias como las balas e inversiones en negocios ajenos que dejan a países en números rojos, niños que juegan ahora en bosques de cemento y lagos de petróleos, un ex minero y ex presidario de Rancagua que decidió un día probar suerte en la capital, dos bonaerenses de clase media que regresaban de Europa, dos hermanos peruanos defendiendo a los colonialistas españoles, un gringo que estaba más fuera que dentro y un francés preparando la comida. Y detrás de todo eso estaba yo, que permanecía expectante y casi como espectador, escuchando atentamente y con las ideas cada vez más claras. La noche se convirtió en madrugada, pero antes de que llegase la mañana alguien nombró esa ciudad y me vino una imagen en forma de alerta. Antes de que me apareciese esa ciudad en un sueño premonitorio ya estaba deambulando por sus calles y perdiéndome entre toda la maraña de casitas coloreadas desde donde pude ver el mar de nuevo. Como marinero terrestre subí antes de que amaneciese a bordo de un barco en forma de colectivo rumbo a Valparaíso.

Días más tarde recordaría esa cena que llamaron histórica mientras cambiaba de país y cruzaba los Andes sin abrigo, esperando a que el maletero cobrase la propina por haber vuelto a subir el equipaje en la combi después de que los perros olfateasen unas cuantas. Muerto de frío por no pagar cuatro lucas y con sueño por querer ahorrarme veinte más, intuía que estaba más a medio camino que cuando había llegado a la mitad. (…) Me asomé a la puerta antes de que arrancase la furgoneta y aprecié la perfecta silueta de un cerro cubierto de nieve y la belleza desmoronándose en unos labios sangrantes.